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Todos y todas, en nuestro recorrido académico, artístico, laboral, etc. nos hemos topado alguna vez con el ¿manido,  rutinario? interrogante sobre el Arte Moderno, sobre su sentido, sus circunstancias, su relación con la Contemporaneidad… Pues bien, yo apuesto por desconfiar de quienes tienen una varita mágica para aproximarse, siquiera, a una definición ya no precisa , sino supuestamente válida para salir del paso (como dice Valeriano Bozal, “pedir reglas cuando el arte moderno se ha fraguado en la crítica de las reglas que acartonaron el arte, posiblemente esté fuera de lugar”). En esta bendita capacidad humana de  expresar(se) llamada Arte, solo intento acercarme, consciente de mi insignificancia ante tamaño envite. Porque una noción como el Arte tan íntima como inabarcable, paradójicamente, debe tener muy presentes premisas intelectuales y emocionales insoslayables, algo muy obvio. El notorio pensador Arthur Danto ya apostaba por adscribir al Arte un sesgo filosófico omnipresente, y opinaba que el arte había muerto atendiendo a lo ya conocido. Sin embargo, ¿de verdad había que constreñir el recorrido del Arte, solo porque lo figurativo había dado todas las vueltas de tuerca posibles, y porque solo lo conceptual era lo importante? Y, sobre todo, ¿de verdad que solo bajo la interpretación filosófica se puede aprehender la trascendencia comunicativa entre artista y observador? Podemos estar de acuerdo en que, antes del Renacimiento, la iconografía cristiana de pinturas y esculturas servía de guía narrativo y espiritual al pueblo analfabeto (aquí sí que existió una razón ideológica), y que no era consciente de su papel artístico como tal; precisamente, el Arte Moderno da sus primeros pasos cuando empieza a reivindicarse la autoría del creador, tras el largo Medievo. Pero lejos de enterrar al Arte por la puerta de atrás, o de asignarle una impronta siquiera científica, como intuía el crítico norteamericano, hay que reconocer con rotundidad la máxima libertad creativa que la modernidad ha impuesto en múltiples sentidos, también interpretada por el pensamiento, pero no solo. Hablando de libertad, Goya fue quizá uno de los máximos exponentes de los nuevos tiempos. En Goya en Burdeos (Carlos Saura, 1999), el prestigioso ministro de Cultura francés de los años sesenta, André Malraux, llega a sentenciar al final de la película: “Con Goya empieza la pintura moderna”. Pero hemos comprobado que, después, se han ido sucediendo otros puntos de inflexión que han marcado a fuego el arte contemporáneo: la crisis de lo representacional en las artes plásticas, que supuestamente Manet habría torpedeado con la planitud sin perspectiva; o la aparición de la fotografía y del cine, o la revolución tecnológica y digital, que ha revolucionado la expresividad artística en las últimas décadas más que en los últimos cinco siglos.

La tentación de San Antonio (P. Cézanne, 1877)

Por tanto, en la pregunta ¿qué es el arte moderno? y por extensión, ¿qué es el arte contemporáneo? está claro que en nuestra era actual existen rupturas entre un periodo y otro, pero quizá no importaría tanto averiguar quienes han sido los responsables, con la diversidad de estilos y movimientos, porque las fronteras son muy difusas. Porque, ¿dónde colocamos a los impresionistas? ¿dónde a las vanguardias? ¿dónde a los nuevos formatos expresivos de instalaciones y performances? ¿todos se encuentran en el arte contemporáneo, aunque lo plástico nada tenga que ver con lo digital o con lo efímero?  Dejemos a la Historia del Arte que, dentro de unas décadas clasifique por aproximación a las corrientes, las épocas y los autores, como ha ocurrido las más de las veces. De momento, sigamos intentando analizar las sombras que acechan a tales interrogantes, acerquémonos sólo a comprender el sentido del arte de nuestros días. Yo apuesto por valorar la emocionalidad que transmite la obra, harto sabido, más allá de su capacidad cognoscitiva o reflexiva, pero también creo en la capacidad imaginativa del artista, en su compromiso sereno y serio con su disciplina, en la total insumisión a cánones y reglas, pero, sobre todo, en no enfrascarse en un ensimismamiento ajeno al contacto humano, y ajeno a la necesidad intrínseca de comunicar que posee el Arte. Con todo, es muy compatible esa urgencia por expresar las propias inquietudes con la de exponer abiertamente preocupaciones sociales que nos acechan: ecología y sostenibilidad, igualdad de género, usos tecnológicos, movimientos migratorios, respeto a las minorías, globalización socioeconómica…

Pero cuidado, tampoco vale toda obra de arte por el hecho de que se asiente en alguna noción de belleza. ¿Qué tipo belleza? Porque belleza escultórica hay tanto en la idealizada de Salzillo, en la entrañable de nuestro maestro Campillo, como en la experimentación del Chillida Leku; belleza arquitectónica hay tanto en el diálogo monumental de la fachada de nuestra catedral con el edificio Moneo, como en el “menos es más” de Mies Van de Rohe; belleza pictórica hay tanto en la sutileza de Ramón Gaya como en la siniestralidad de las pinturas negras de Francisco de Goya; belleza cinematográfica hay tanto en la contundencia de Paco Rabal, como en los extrarradios de las películas de Pier P. Pasolini… En efecto, no todo vale, esforcémonos por comprender el alcance de lo que se nos transmite, por más que Jeff Koons opine que vivimos tiempos banales para justificar sus grandilocuentes obras, lo que provocó el rechazo del veterano historiador del arte Benjamin H. Buchloh, al recordar con gran criterio las tragedias y conflictos actuales («Es absurdo el silogismo de que si nuestras experiencias son banales, el arte también tiene que serlo”, apostilló). Y es aquí donde el mercado interviene de manera más que controvertida, en infinidad de ocasiones, en las decisiones de lo que debe constar cualitativamente como Arte. A menudo, galerías y festivales han despreciado el conceptualismo de ideas tan potentes que llamaban al debate social o político, o a otros retos de la globalización sociocultural. Han apostado por la capacidad formal de la obra, por sus materiales o por su pura apariencia. No obstante, hay que valorar en justa medida su labor de divulgación cultural, porque tales instituciones nos orientan, se implican en difundir una buena colección o en relanzar a un buen artista, que al fin y al cabo vive de su obra. Aunque siguiendo al crítico alemán, fue ridículo que un Richter costara cinco mil dólares en 1975 para pasar a 39 millones en 2015, lo que horrorizó al propio artista. Algo falla, pues, en el camino: ¿esnobismo egocéntrico? ¿cosmopolitismo mal entendido? ¿pura especulación? ¿prebendas?… Por tanto, no dejemos llevarnos por cantos de sirena, estemos atentos a aquellos comisarios que arrojan luz en la selva del arte contemporáneo, y a los verdaderos entendidos, docentes e investigadores que, al fin y al cabo, son quienes crean la Historia del Arte. Porque el meollo del arte contemporáneo, el arte que vivimos en el S. XXI, radica en la capacidad diversa, rica y abigarrada de ilimitadas propuestas, estilos y formatos de expresión, para representar otro sinfín de temáticas. Mi modesto parecer me dice que la pregunta no debe ser qué es el arte moderno, o qué el contemporáneo, sino cómo me puedo acercar a comprender su esencia.

Casa Farnsworth (Mies Van der Rohe, 1957)

P.Hdez.

José Hernandez Rubio

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