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EXPOSICIÓN “EIKÔN” de  KUBO

Calle Santiago, 10. LA ALBERCA (Murcia)

 

-EIKÔN-

 

Texto: Virginia Grau.

“Permanece en silencio, deja ir el conflicto, vuélvete pacífico, y recuerda la bondad eterna que reside en tu interior”. Esta invitación a la meditación que realizó el psicólogo Wayne Dyer resuena al adentrarnos en el santuario de iconos en el que se convierte esta simbiosis entre el artista siciliano Kubo y la sala Santiago 10 en su exposición “Eikôn”.

Eikôn, es el término griego para la palabra icono. En ocasiones, esta palabra se traduce por “reflejo en el espejo”, y quizá sea una acepción muy acertada para los rostros sin rostro de Kubo. Sus personajes hacen resonar un eco en el espectador, independientemente de su género, nacionalidad o cualquier otra circunstancia con la que la sociedad se empeñe en diferenciar a las almas que habitamos la Tierra en nuestras armaduras de carne.

Kubo son las tiernas púas del erizo que ocultan a Rizzo, artista siciliano y murciano de adopción que retoma la escena expositiva con esta muestra cargada de vigor, honestidad, trascendencia, color, volumetría, musicalidad y sobre todo, universalidad.

 

 

Conversando con Rizzo al visionar las obras en su estudio, le hablaba de la “abstracción” que observaba en las mismas, a lo que con acierto técnico me corregía que eran figurativas. Sin embargo, su obra, evidentemente figurativa, nos abstrae al visualizarla, haciendo que olvidemos la diferencia entre el cuadro y nosotros, llevándonos a recogernos en nuestra esencia inmaterial con toda su realidad. Una realidad con sus fortalezas y debilidades, con sus momentos buenos y malos, una realidad conformada por esa dualidad del equilibrio taoísta que favorece nuestra evolución. Una realidad a la que Kubo, esta vez me refiero al protagonista de la película “Kubo y las dos cuerdas mágicas”, no quería renunciar y por la que luchaba incansablemente para así poder verla con su único ojo, alejado de la burbuja de la impasibilidad y egoísta felicidad vacía a la que le querían llevar los villanos.

Sus obras irradian el “aura” de la que hablaba Walter Benjamin y en eso tiene mucho que ver su proceso creativo, ya que han sido creadas “al amor de la lumbre”. Comenzando con una veintena de figuras escultóricas con rostros perfectamente reconocibles, la obra fue avanzando hasta llegar a la “abstracción” de estos personajes sin rostro. Sus “iconos” adquieren el grado de síntesis y atrapan al espectador en los mundos de la psique, la emoción y la espiritualidad.

En Kubo encontramos influencias de Mark Rothko por la atención que presta al color logrando transmitir sensaciones como la vibración, la libertad, la paz interior, el amor o la pena negra. Otra característica de Eikôn es la música que resuena tras cada obra como las canciones de Paolo Conte, Lucio Battisti, U2 o Massive attack.

Kubo identifica a sus personajes con las yemas de los dedos que emergen en un lago en el que está sumergida el resto de una gigantesca mano. Desde la superficie se ven separadas, pero al adentrarnos en las profundades del agua vemos su interconexión por esa gran mano que los ojos no pueden ver porque como dice la manida, pero no por ello menos acertada, frase de Antoine de Saint Exupery: “lo esencial es invisible para los ojos”.

Al adentrarnos en el santuario de EIkôn, el artista nos tiende esa gran mano, animándonos a la introspección y ofreciendo un regalo para la creatividad interna a través de nuestra traducción personal de su lenguaje. Como el mismo Kubo dice: “Yo creo que la historia la hace el observador”.

Virginia Grau

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