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EXPOSICIÓN RETROSPECTIVA: “MARCOS AMORÓS, EL PINTOR DEL BLUES”

Palacio Almudí (Murcia) Hasta el 15 diciembre

Texto Javier Lorente. En memoria de Marcos Amorós.

EL COMPAÑERO QUE ERA EL MAESTRO

A veces, un igual a nosotros, un compañero de trabajo o de mesa, un colega, incluso alguien a quien no habíamos tomado en consideración, resulta ser todo un maestro de vida, la esperanza en persona. Podría hablar de mucha gente que se niega a refugiarse en casa, gente que vale mucho y que llegaría muy lejos si se dedicaran a sí mismos, pero que se vuelcan en las cosas pequeñas, en las gentes de su entorno, en su familia, en sus amigos, en sus compañeros, y nos da la impresión de que pasan desapercibidos porque se han hecho iguales a los demás, pequeños con los pequeños, cercanos a los de alrededor, y cercanos a los que siempre dejan lejos. Pero hoy quiero dedicar esta agua de lluvia que cae en mi era y que en mi aljibe se guarda y decanta, a una de esas personas que anduvo con nosotros durante un tiempo, y ahora, en la distancia, cada momento que pasa empezamos a valorar más. Me refiero a Marcos Amorós Batalla, pintor al que sus compañeros de la Región rendimos un homenaje en la Sala Alta del Palacio Almudí, y a partir de enero, en el Palacio Consistorial de Cartagena.

Compañero del Grupo Art Nostrum, este pintor, guitarrista de blues y bombero, se nos fue demasiado pronto. Ahora, por extraño que parezca, un año después empezamos a entenderlo, valorarlo y admirarlo, y, si cabe, a quererlo aún más. Este verano, preparando la catalogación de su obra, he tenido el privilegio de compartir viajes con su viuda, Ana María Gómez, su alma mater. Nos hemos recorrido toda la Región, visitando las casas de sus coleccionistas y amigos, destacando la del mayor de ellos, la de su amigo Eleuterio Ramón, su amigo del alma, su hermano. Yo conocía gran parte de la obra de Marcos, pero en estos meses he visto cosas que vosotros no creeríais: los bocetos previos de muchísimos cuadros, dibujos y acuarelas que ni su familia conocía, sus primeras obras, los retratos que hizo a sus compañeros, sus marinas y paisajes que casi nadie conoce en un pintor dedicado a la figura humana, sus estudios sobre niños, princesas, juegos populares, personajes africanos y asiáticos…y, sobre todo, una obra llena de maestría, ternura, sueños, belleza y espiritualidad.

El Pintor del Blues que estos días vemos en el Almudí tal vez aún no es la gran exposición antológica que Marcos se merece, tan sólo es una retrospectiva suya, acompañadas de unas obras en su homenaje que han hecho para la ocasión sus amigos más cercanos. Marcos, pese a apellidarse Batalla, era una gran pacifista y budista, muy etéreo y espiritual, como sus palomas y sus pompas de jabón. Huya la muerte porque Marcos está vivo, y ha conseguido lo más hermoso de esta vida: unir a los demás en torno suyo, como hizo Aquel otro en torno a una mesa compartiendo pan y vino, y lo hace en esta exposición que también es una gran cena con Marcos, Ana, Belén, Esther, Emilio, Petrus, María José, Sofía, Gaby, Rafa, María José, Jesús, Kraser, Luis, Piedad, Carlos Belén, Álvaro, Cristobal, Pedro Diego, Salvador y muchos, muchos otros. Los mejores nos juntan y nos hacen mejores. No era un tipo cualquiera.

J. Lorente

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José Hernandez Rubio

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