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Pepe Hernández Rubio 

Profesor de Cine y Humanidades en la Universidad Internacional del Mar

 

Referente prioritario para muchos realizadores actuales, Ken Loach (1936) es un cineasta heredero directo del Free Cinema inglés de los cincuenta, cuyos máximos representantes, los “jóvenes airados británicos”, apostaban por un vehemente inconformismo frente a la decadencia moral y social de su país, y frente a la hipocresía de una sociedad todavía anclada en las prebendas del viejo imperio. Tras el desastre bélico mundial y tras el esplendor hollywoodiense, la eclosión de las nuevas propuestas cinematográficas de mediados del siglo XX, como la Nouvelle Vague francesa, el New American Cinema o el joven cine alemán, defendieron un tipo de cine con mayores pretensiones realistas (el Neorrealismo italiano se consolidaba). Con su autoría insobornable, los angry young men ingleses se aferraron a luchar contra la fácil evasión de un cine comercial y manipulador.

 

Loach recogería la batuta rebelde de sus maestros, y también se encargaría de otorgar el protagonismo a las clases más desfavorecidas en sus trabajos de cine y televisión: la representación abierta de personajes y colectivos desprotegidos. Desde sus inicios en el teatro, el cineasta británico se preocuparía por denunciar la indignidad a que se veía abocada buena parte de los sectores marginados, la pobreza de los desempleados, la falta de vivienda o la falta de perspectivas de jóvenes y mujeres. A lo largo de su extensa filmografía, no ha dudado en criticar a todo sistema de gobierno que obviara a esos grupos sociales, tanto a los laboristas como, especialmente, a los conservadores de la época de Margaret Thatcher y John Mayor en los ochenta y noventa, sobre todo por su brutal gestión de las reconversiones industriales que asolaron a Gran Bretaña, que dejaron decenas de miles de parados.

Será la figura del desempleado o de la clase trabajadora en penosas condiciones una de las más cultivadas en sus obras. Películas como Riff Raff (1991), Pan y Rosas (2000), La cuadrilla (2000) o En un mundo libre (2007), reflejan con dureza el drama de la falta de trabajo, el desarraigo o la emigración forzosa en busca de unos empleos precarios, y el recurso al movimiento obrero y a la huelga como única solución para unos trabajadores, que bajo el eufemismo de la “flexibilidad laboral” se ven en la calle tras un proceso de privatización. Pero Loach también sabe sacar partido de la figura de la mujer de clase baja y explotada, que lucha por su familia ante la arbitrariedad de los sistemas de protección social o de las instituciones públicas, como en Ladybird, Ladybird (1994) o en La canción de Carla (1996). Ante todo, nuestro director llama al espectador a una necesaria reflexión moral ante los agravios que han de soportar sus personajes, muy verosímiles. Sin embargo, no ahonda sin más en la tragedia vital, sino que es capaz de sorprender con momentos de humor y desenfado, como en Lloviendo piedras (1993) o Mi nombre es Joe (1998).

En cuanto a su forma de narrar, Ken Loach defiende la concepción directa de los escenarios. Desde una filmación puramente realista, con largos planos tomados de la misma calle, del sobado pub o del modesto domicilio, el cineasta británico recurre a la mayor credibilidad de las situaciones, con personajes anónimos y con la cercanía de ambientes y diálogos espontáneos, dejando a la improvisación un margen más que considerable. Su sinceridad, su honestidad, por tanto, está más que asegurada, lejos de artificiosas puestas en escena, de actuaciones meditadas y con bajos presupuestos de producción.  Director de compromiso, director implicado en la reivindicación de la figura humana, se posiciona frente al abismo cada vez mayor que separa al mundo avanzado del subdesarrollado: nunca ha dudado en participar en múltiples iniciativas por una globalización realmente equitativa y solidaria. Ha trabajado con gente del cine de gran valía, como Victor Erice, Abbas Kiarostami o Icíar Bollaín, y ha obtenido numerosos reconocimientos y premios:  palma de oro en Cannes, varios de la Academia de Cine Europeo y varias espigas de oro y de plata en el Festival de Cine de Valladolid, la Seminci.

José Hernandez Rubio

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