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HUMANIMALIDAD

Colectiva Fotografía y Pintura

Moratalla-Casino Cultural-

26 abril hasta el 16 mayo

EL ANIMAL Y EL SER HUMANO EN EL ARTE.

 Un breve recorrido por la Historia del Arte sobre la representación del animal y su relación con el ser humano, nos retrotrae a los inicios remotos del arte, la Prehistoria. Así, en la cueva de Altamira (hace más de 30.000 años), pintados o grabados, bisontes, ciervos, caballos y manos humanas se alternaban en aquellos primeros hábitats de experimentación estética, sobre todo en escenas de caza. Desde entonces, el interés del Hombre por ilustrar las especies animales nunca decreció en las artes visuales y su diversidad de estilos.

Fran Belmon: “El gato que está triste y azul”

En la Antigüedad, con el auge de legendarias civilizaciones, se asistió a una progresiva domesticación de muchas especies, donde la relación con el ser racional resultaba a veces casi de compañerismo, siendo el arte un testigo inigualable para representarlo. Sabemos de la profusión de pinturas en murales y tumbas de las etapas egipcias, cargadas de un simbolismo sobrenatural y divino en el binomio persona-animal. O ahí están los frescos del palacio de Cnossos de la Grecia preclásica de Creta, donde interactúan toros y hombres y, más tarde, las innumerables cerámicas y bajorrelieves de los frisos escultóricos en el esplendor de Atenas, con carreras de caballos y jinetes.

María Celdrán: “Escarabeo”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Joaquín Lurod: “Concierto invernal”

 

La Alta Edad Media, impregnada de superstición y de espiritualidad, ilustraría abundantemente animales reales o fabulosos. Eran dotados de simbología positiva, asociando la presencia de Dios a las aves, alegorías de la resurrección, o negativa, aludiendo al diablo, como el zorro, ejemplo de corrupción moral. Es el momento de los bestiarios, para decorar manuscritos religiosos o decoración de capiteles en las iglesias románicas, donde unicornios (la pureza), dragones (el maligno), grifos (protectores o destructores), sirenas (lujuria) y un amplio repertorio de animales fantásticos convivía con hombres y mujeres.

En la Edad Moderna, la conexión entre animal y ser humano se plasmó bajo un ideario racionalista, con aires tolerantes en el Humanismo. Así, Leonardo sería un ávido dibujante de caballos, perros y gatos en variadas contorsiones, en unos ámbitos domésticos donde se intuía el aprecio por la especie. Y de sobra conocido es que, Velázquez compuso varios cuadros señeros con animales de compañía intercalados con miembros familiares, ya en pleno Barroco. Más tarde, Goya nos ofrecía la cabeza enigmática de un perro semiescondido, con sentido ambiguo. Y a finales del S.XIX, el ambiente burgués del París impresionista tuvo a Renoir con obras de señoritas apegadas a sus mascotas, junto al Sena.

El Arte Contemporáneo es testigo de una obra revolucionaria, donde un grupo de personas convive con caballos y toros desbocados tras sufrir un bombardeo: el Guernica de Picasso, 1937. Por esas fechas, es famoso y sugestivo el autorretrato de Frida Khalo rodeada de pequeños monos. Como impactante fue la performance de Joseph Beuys en los sesenta “Explicando el arte a una liebre muerta”, de unos minutos, sujeta como no, a una gran controversia; o la instalación reciente de Damien Hirst, de un enorme tiburón sumergido en formol, en una caja horizontal de vidrio, que interpela al ser humano y su condición mortal.

En definitiva, el arte de siempre ha dado protagonismo a la representación animal, equiparándola muy a menudo a toda persona, lo que implica una necesidad de respeto por una especie de la que sólo nos separa nuestra mal entendida “razón”.

 

Pepe Hernández Rubio, abril 2024

 

 

 

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