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Del 9 de Septiembre al 8 de Octubre

Exposición de escultura ESTADO de Cristobal Hernández Barbero

Sala de Máquinas del Centro Párraga 

(Pabellón 5-Cuartel de Artillería, c/Madre Elisea Oliver Molina, s/n, Murcia)

De lunes a viernes de 9 a 21h

Nacho Ruiz – Comisario de la exposición

La imagen de Cristóbal Hernández Barbero cubierto de barro es un hecho icónico en un tiempo extraño en una región desorientada. La mimesis con el territorio es una acción habitual, pero no todos los territorios son iguales ni las intenciones las mismas. Cuando esto ocurre en una región como ésta, en la que la catástrofe ecológica es casi el único tema de conversación, la intención de aquella performance cobra un sentido nuevo, necesario.

En la mimesis con el paisaje suele haber una voluntad reivindicativa, una llamada de atención de la que no está exenta aquella pieza referencial. Nos convertimos en portavoces del terreno, buscamos ser su voz cuando nadie lo escucha, pero es una mimesis que no requiere del contacto físico. La vida en el suelo, como hojas caídas, a la manera del zen, tiene una connotación de lazo con la tierra. No somos portavoces del suelo, queremos ser parte de él, queremos ser parte inseparable de la tierra, pero ello no es posible, en su lugar dejamos una huella inevitable que nos remite siempre a Derrida. Cristóbal no busca esa huella en el paisaje. El territorio tiene un valor emocional para él y le exige un alto respeto, de manera que no busca dejar su huella en él, sino conservar la huella del paisaje de forma física. Fabrica en plomo el soporte de la huella, crea el continente del residuo físico del territorio.

Todos amaron el paisaje. Unos lo fueron introduciendo como taxonomías de la
existencia en tablas en las que la divinidad era casi lo único. Otros hicieron atrezzo de él para llenar cuadros de fiestas y dioses licenciosos. Luego llegaron los románticos que cayeron estupefactos ante la grandiosidad de lo inaprensible. El siglo XX se desentendió de la representación del paisaje y dio lugar a los paseos de Long, Turrel o De María en busca de una realidad intrínseca del entorno, del territorio y su emocionante inestabilidad física y estética. En los pasos que van más allá, hoy, el paisaje, que debiera ser un elemento tranquilizador, es más que nunca una crisis permanente. Encarar hoy el territorio conlleva unas implicaciones éticas inevitables.

Es casi inevitable el apego al territorio, muy pocos escapan de él porque es la realidad única, casi imperecedera. El apego al suelo es una forma de estar en el mundo que resiste el idealismo vacuo y fija una posición con respecto al mundo. El molde es casi siempre la madre de un duplicado que nace del contacto físico con algo, generalmente un cuerpo, pero Cristóbal duplica el terreno en el molde, guarda esa huella física del suelo con el que mantiene ese vínculo estrecho, afectivo y emocional. El producto es algo que no encuentra encaje en el léxico de los estilos, es una suerte de monumento a lo que no puede ser monumentalizado, al fragmento del fragmento, a un espacio en el que nadie fija su atención. Las planchas de plomo nos dan una topografía fragmentaria del espacio que habitamos en una especie de retrato del espacio que habitamos.

En él, la huella somos nosotros.

Victor Miguel Villa

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