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EL CARTERO Y PABLO NERUDA.     (Por José Pazos)

TÍTULO: Il postino  (Italia, 1994). DIRECTOR: Michael Radford. INTÉRPRETES: Philippe Noiret, Massimo Troisi, Grazia Cucinotta, Linda Moretti. MÚSICA: Luis Bacalov. PREMIOS: David Di Donatello al mejor montaje y 6 nominaciones (mejor director y mejor actor). Oscar mejor banda sonora. Basada en la novela “Ardiente paciencia” de Antonio Skármeta.

Sinopsis: Mario es el cartero de un pequeño pueblo marítimo de Italia, y tiene como único destinatario al poeta chileno Pablo Neruda, que vive allí exiliado. A diario, el cartero le lleva decenas de cartas y con el tiempo entablan una sincera amistad. A la vez, Mario queda prendado de Beatriz, la sensual sobrina de la tabernera, de tal modo que nuestro cartero le pide consejo amoroso al poeta, llegándole a robar varios poemas que recita a su amada.

La novela:   Un análisis breve de la figura de Pablo Neruda (1904-1973) nos habla de un escritor eminentemente implicado en el campo de la poesía, siendo algunos de sus trabajos de mayor relevancia Veinte poemas de amor y una canción desesperada, composiciones cálidas y apasionadas escritas a los veinte años; o Residencia en la Tierra, de un surrealismo que muestra el sinsentido del hombre en el cosmos; o Canto general, para manifestar su compromiso político. Además, quedó seducido por las innovaciones lingüísticas de vanguardia, e influyó en el quehacer literario de muchos escritores y se relacionó ampliamente con figuras de la española Generación del 27, como García Lorca, Rafael Alberti y Vicente Aleixandre.  Por su parte, el escritor chileno Antonio Skármeta, además de estudiar Filosofía y Letras, dio clase de Literatura en la Universidad de Chile desde finales de los años sesenta hasta 1973 (un año crucial y desgraciado), fundó el Instituto Goethe en Santiago y fue director de cine y teatro y escritor afamado. Desde perspectiva muy realista, la mayor parte de los hechos relatados en la novela los experimentó el poeta entre los años 1969 y 1973: el aislamiento en Isla Negra y San Antonio, el Premio Nobel concedido en 1971, su candidatura a la presidencia de Chile sugerida por la coalición progresista, que

                                                                                             Iberlibro

finalmente recaería en Salvador Allende, y, por supuesto, el golpe militar de Augusto Pinochet, que convulsionó la historia del país. En cambio, el cartero Mario Jiménez es un elemento ficcional, pero se establece un encuentro de dos mundos antagónicos unidos por la poesía, como recurso portentoso de una amistad que no desaparecerá, pese a los viajes de Neruda. Si de un lado se nos presenta una figura universal de cultura y de intelectualidad literaria, encarnada por el poeta, de otro se nos ofrece el limitado mundo del cartero, cuya humildad e ingenuidad son notorias. Será la capacidad seductora de las metáforas las que acerquen a los dos; el escritor, lejos de toda vanidad o engreimiento común a muchos artistas, confraterniza con el cartero y le aconseja, incluso le presta sus versos, y la atracción de Mario por su amigo le lleva a intentar componer poesía dedicada a su amada. Se desarrolla así una relación entre profesor y alumno basada en la admiración y la fidelidad, en el gusto por la enseñanza desinteresada y el aprendizaje agradecido. El semianalfabeto Mario se abre a la sabiduría del poeta Neruda, y de ese contraste tan acentuado se produce paradójicamente una entrañable solidaridad.

Será Beatriz la que inspire a Mario, a quien se entregará tímidamente al principio en su despertar amoroso, para después fascinarla con la belleza de las metáforas. Se trata de un amor puro, expresado por un entramado sugerente de palabras a las que se rinde la hija de la tabernera. Son palabras de una dulzura y de una fineza que cautivan, en una poesía que no es propiedad de nadie, sino de “quien la necesita”, como opina el cartero; porque, en efecto, la poesía debe estar al alcance de todos para acercarnos a nuestro ser amado, en este caso, Mario obtiene la respuesta desinteresada de Beatriz con una herramienta emocional, inmaterial y lírica. El romanticismo queda asegurado mediante las metáforas:

«Me dijo que mi sonrisa se extiende como una mariposa en mi rostro; me dijo que mi risa era una rosa, una lanza que se desgrana, un agua que estalla; …me dijo que mi risa era una repentina ola de plata; me dijo que le gustaba cuando callaba porque estaba como ausente; me falta tiempo para celebrar tus cabellos, uno por uno debo contarlos y alabarlos».

Formalmente, desde un estilo ameno, se suceden numerosas descripciones gracias a la abundancia de adjetivos, metáforas poéticas gracias a la sugerencia de los versos, diálogos vivos y estimulantes gracias a la sinceridad de las relaciones humanas, y vocablos y refranes propios del mundo hispanoamericano. Además, hay muchas referencias del ámbito de la cultura: escritores como Rimbaud o Shakespeare, músicos como los Beatles, o filósofos como Sócrates o Marx. Por tanto, la expresividad recurre a unos recursos muy variados, y el interés de la historia nunca decae enriquecido por su dinamismo.

La adaptación cinematográfica: Michael Radford ya había llevado a la pantalla realizaciones de enorme prestigio basadas en textos literarios, como la orwelliana 1984 (1984) o Travesura Blanca (1987) de un libro del periodista James Fox; incluso después de Il Postino (1994), llevaría a cabo El mercader de Venecia (2004) de William Shakespeare. El cartero… es una realización que estuvo en la cartelera de EE.UU. y de Europa varios meses.    Las similitudes que alberga la película con el texto literario se hallan también en momentos probados de la vida de Pablo Neruda. Los diálogos son casi calcados, al igual que las conversaciones entre maestro y discípulo, quien no solo va aprendiendo nuevas palabras, sino que también aprecia la belleza del entorno tal y como le enseña el poeta.

Fuente: Revista La Otra.

Incluso ciertos poemas de éste, de gran simbolismo y hermosura, aparecen escritos y filmados, como en la secuencia donde él y el cartero conversan a la orilla del mar y le recita su Oda al mar:

Aquí en la Isla,
el mar
y cuánto mar.
Se sale de sí mismo
a cada rato. Dice que sí, que no,            
que no, que no.
Dice que sí, en azul,
en espuma, en galope.
Dice que no, que no.
No puede estarse quieto.
Me llamo mar, repite
pegando en una piedra
sin lograr convencerla.
Entonces,
con siete lenguas verdes,
de siete perros verdes,
de siete tigres verdes,
de siete mares verdes,
la recorre, la besa
y la humedece,
y se golpea el pecho
repitiendo su nombre.

  Sin embargo, existen notables diferencias con la película, licencias inventadas que Radford se permite, pero que no desvirtúan en absoluto la entrañable historia, es más, al mismo tiempo la enriquecen aportando secuencias y guardando fidelidad a su transcurso. Y el director también ofrece otros elementos notables que se distinguen de la novela: la trama se asienta en una estancia que Neruda haría en la isla italiana de Capri a principios de los años cincuenta, no como expone Skármeta, que la sitúa en la Isla Negra chilena. Además, la madre de Beatriz, doña Rosa, hace las veces de tía en el filme y es mucho más ruda; y por supuesto, la gran diferencia radica en el final del relato.

 “El filme es un estimulante para que hasta el más lerdo se sienta impulsado para escribir sus propios versos cuando tenga motivación para ello. Todo favorecido por unas circunstancias amorosas y un paisaje paradisiaco” (Romea, 2014).  Por su parte, el naturalismo del entorno marino se recrea con unos planos generales muy inspiradores, destacando por su luminosidad diáfana. Y, además, otros planos cortos y primeros planos de los protagonistas nos hablan a la perfección de sus sentimientos, como la sensatez del poeta, el idealismo del cartero, el enfado de doña Rosa, la lindeza de Beatriz… El retrato psicológico está servido. Y todo lo ameniza amablemente una música que tiene al tango de Carlos Gardel “Madreselva”, que se repite en tres ocasiones, como pieza fundamental en la nostalgia de Neruda. Además, la banda sonora del músico argentino Luis E. Bacalov propone una temática de gran ternura desde una instrumentación mínima, que llama a un romanticismo donde el espectador no queda indiferente.

Como curiosidad imprescindible hay que comentar que el actor Máximo Troisi falleció pocos días después de finalizar el rodaje debido a una insuficiencia cardiaca. Consciente de que moriría pronto, Troisi aplazó, no obstante, una operación de corazón y aguantó su trabajo con la poca energía de la que disponía; en algunas secuencias con la bicicleta no podía trabajar bien dada su fragilidad. Por su parte, el veterano actor francés Philip Noiret realiza una actuación muy verosímil, de gran prestancia artística gracias a su gran parecido físico con Pablo Neruda. La sensualidad que exhibe Gracia Cucinotta, en el papel de Beatriz, casa muy bien como objeto de deseo amoroso de Mario, y Linda Moretti, como doña Rosa tía de Beatriz, interpreta certeramente su trabajo de protectora intransigente.

La película es una joyita sin pretensiones, de comicidad, ternura y romanticismo.

J.P.

 

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