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Cortesía del historiador Francisco Piñero Valero, autor y editor de “BENIZAR, una aldea milenaria al abrigo de sus rocas” (2011)

La historia de Benizar se encuentra estrechamente vinculada con su abrupta geografía. Al amparo de las muchas cuevas y manantiales existentes en su entorno, el hombre prehistórico encontró en estas tierras un lugar donde refugiarse, territorio para la caza y hábitats donde expresar sus experiencias a través de la pintura. En las paredes de los Abrigos localizados en el Calar de la Santa y en el Rincón de las Cuevas, aquel hombre dejó muestras de su presencia con un interesante legado de pinturas englobadas dentro del arte prehistórico Levantino y Esquemático, descubiertas en diversas prospecciones y estudios llevados a cabo por importantes arqueólogos y declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998.

Los abrigos de Benizar

Muchas cuevas, al presentar unas condiciones favorables para la conservación de ciertas sustancias, han contribuido a que perduren hasta nuestros días muchos testimonios de aquella antigüedad. El frente rocoso del Calar y del Rincón constituyen un magnífico legado de pinturas rupestres de Arte Esquemático: estilo figurativo en el que solo se expresan componentes tan básicos que, los elementos gráficos se convierten en meros esbozos, siendo la barra horizontal o vertical la forma más recurrente para la representación de las distintas figuras. Se enmarca entre el 4000 y el 1000 a. C (finales Edad de Bronce) y los temas preferentes de dicho arte esquemático Levantino se refieren a la actividad humana, la vida cotidiana, la guerra, la caza, etc., con un estilo que tiende a la estilización, lo que le hace semejante a las pinturas del arte rupestre norteafricano.

Los cinco abrigos que componen el conjunto fueron descubiertos en la II Campaña de investigaciones en el término municipal de Moratalla (1990) por los arqueólogos Anna Alonso Tejada y Alexandre Grimal. Algunos de sus inventarios dicen: “El primero de los abrigos, de reducida oquedad de 1.5 metros de boca y unos 2 de profundidad, conserva una única figura. Se trata de un cérvido macho, orientado a la derecha, de color castaño-rojizo y de estilo levantino, de u nos 13 cms.

En el abrigo IV consiste en una impresionante cavidad por sus espléndidas dimensiones, utilizada para redil para el ganado. El primer elemento consiste en una forma geométrica triangular. El segundo corresponde a lo que se denomina “esteliforme” o “soliforme”, integrado por seis radios, con diámetro mayor, de 27 cm. Su color es rojo.

El abrigo 0 se trata realidad de un farallón rocoso continuado que supera en el punto cercano a las pinturas los 22 m de longitud, y que acoge en algunos puntos pequeñas oquedades y espacios más o menos resguardados, que presenta una profundidad de unos 12 m. La cavidad en cuestión presenta un soporte muy problemático al mostrar un ennegrecimiento notorio dificultando la identificación de los motivos figurativos, muy fragmentados. Con todo, existe una representación humana de la que se advierte la cabeza y parte del inicio del torso. Es de estructura triangular y de notable volumen, perceptible el inicio del brazo izquierdo, cuello y parte del torso, de unos 18 cm. Inmediato a él, otro doble más corto, de unos 8 cm. describe una leve curva.

   Por parte, en el abrigo del Rincón de las Cuevas II existe la figura de un individuo con arco y flechas que se orienta a la derecha. Se halla muy fragmentado por efecto de los desconchados, pese a lo cual, se aprecia parte de la cabeza, toca y/o peinado, parte del torso inicial y algún trazo de lo que sería la cintura. El brazo izquierdo se dobla hacia la parte inferior sosteniendo el arma, apreciándose la cuerda y la varilla de dos saetas y un fragmento de una de las piernas. El color de esta figura es rojizo y la altura de los fragmentos se aproxima a los 43,5 cm.

Estos y otros ejemplos son muestra de la riqueza de nuestro Noroeste prehistórico, allí donde el hombre primitivo encontró en las cuevas benizareñas el lugar idóneo para defenderse y refugiarse de los fenómenos atmosféricos, y de paso expresar a través de la pintura algunos momentos de la vida cotidiana.

Francisco Piñero, Historiador.

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